domingo, 17 de febrero de 2013

Amelie.

Amelia era una niña rica. Vivía con sus padres en un antiguo palacete en el centro de Barcelona, iba a un colegio caro, estudiaba piano con uno de los profesores más prestigiosos de la ciudad y tenía más libros, juguetes y peluches de los que podía utilizar. En resumen, Amelia tenía todo lo que quería. ¿Todo? No, ella no lo creía así. En realidad Amelia no quería nada de todo lo que tenía, porque lo habría cambiado de buena gana por poder ver.

Normalmente lo sobrellevaba como podía, pero muchas noches se despertaba después de un sueño lleno de formas sugerentes y colores brillantes, creyendo que se había curado, y rompía a llorar al descubrir que no era así. Se sentía la persona más desgraciada del mundo, y de buena gana habría cambiado sus vestidos de seda y encaje por ver una película, sus aburridos libros en braille por sólo uno lleno de ilustraciones, todos sus peluches (incluso el osito Bilbo) por ver la cara de sus padres y su maravillosa casa palaciega por saber cómo es el verde del campo.

En el colegio no tenía amigos. Nadie quería estar con la aburrida niña ciega que se sentaba en el escalón del porche y que no podía jugar a nada en lo que hubiese que moverse. Por eso se sorprendió mucho el día que escuchó una voz a su lado.

-Hola, soy Silvia, He llegado nueva hoy. ¿Puedo sentarme contigo?

Amelia se sonrojó como un tomate, pero no dijo nada. No estaba acostumbrada a que le dirigiesen la palabra porque sí.

-Bueno, si te molesto me voy a otro sitio- Dijo Silvia.

-¡No, no, quédate!- Logró balbucear Amelia. -Es que nunca nadie había querido sentarse conmigo...

-Te entiendo, a mí también me han tratado así. Te llamas Amelia, ¿verdad?

A partir de ese día las dos niñas fueron inseparables. Amelia descubrió que podía desahogarse con Silvia cada vez que lo pasaba mal, ya que su amiga la conseguía animar siempre haciéndole entender lo maravilloso que es el mundo. A su vez, Silvia le contaba a Amelia cosas de su vida, que tampoco había sido nada fácil. Su padre había muerto cuando ella tenía tres años, con lo que su madre tuvo que empezar a trabajar, dejándolas a ella y a su hermana al cuidado de su abuela. Sin embargo, hacía cosa de un par de años, la abuela de Silvia murió tras una complicada enfermedad al mismo tiempo que despidieron a su madre del trabajo, dejándolas a las tres prácticamente en la calle al no poder hacer frente a la letra del minúsculo piso en el que vivían. Por eso la madre de la niña aceptó sin dudar cuando el colegio le ofreció una beca completa para Silvia en régimen de internado, aunque eso significase verla sólo un par de días al mes.

Amelia siempre pensaba que cambiaría con gusto su vida llena de lujos por la de Silvia, si con eso conseguía ver, pero nunca decía nada, aunque su obsesión con el tema llegó a ser enfermiza. Una vez, en un arrebato de sinceridad, le contó a su madre todo lo que pensaba, pero muy al contrario de lo que esperaba, se enfadó con ella y le dijo que estaba siendo una niña superficial y egoísta. Amelia se sintió tan incomprendida que no pudo dejar de llorar hasta dos días después. Tan apenada estaba y tan poco podía disimularlo que hasta Silvia se dio cuenta.

-Oye Amelia, ¿te pasa algo? Te veo muy triste hoy.

-No, nada... Es una tontería.- Dijo Amelia, quitándole importancia.

-Sabes que me puedes contar cualquier cosa, ¿no? Para eso somos amigas.

-Bueno, sí, ya lo sé, pero...- Dudó ella.

-Anda tonta, cuéntamelo, a ver si te puedo ayudar. - Insistió su amiga.

-Pues... Verás, es una cosa que llevo pensando mucho tiempo, pero se lo dije a mi madre y se enfadó tanto que ahora me da miedo decírselo a nadie más.

-Pero yo no me voy a enfadar, Amelia, no te preocupes, ¿qué es?- Preguntó Silvia, ya curiosa.

-Que cambiaría con gusto mi vida por la tuya si así pudiese ver. Hala, ya está, ya lo he dicho. ¿Contenta?

-Cómo... ¿No lo sabes?

-¿Saber el qué?- Preguntó la niña con un cierto mosqueo.

-Amelia... Yo también soy ciega.

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