viernes, 29 de marzo de 2013

Donostia

Hacía muchos años que tenía ganas de estar allí, desde que vi la foto en la agenda regalada y descubrí quién era Antonio López. Y por fin, por fin veía el Peine del Viento con mis propios ojos.
Estaba sola, los otros se habían rezagado. Quizá por eso te presté atención.
Tú también estabas solo, haciendo fotos con una Canon, como la suya. Llevando un palestino rojo, como el suyo. Con una luz brillando en esos ojos verdemar, como los suyos. ¿Eres acaso una reminiscencia del pasado? ¿Una señal de lo que tenía que haber ocurrido (o más bien quería) y no ocurrió? ¿Un recordatorio de que no debo olvidarle?
Después, aprovechando la serenidad, leías mientras te fumabas un cigarro. ¿Qué leías? ¿También a Kerouak? ¿Sueñas también con atravesar América de una punta a otra haciendo autoestop y escuchando jazz?
Dibujo, y mientras tanto me abstraigo y pienso...

Cuando vuelvo a mirar, ya te has ido.

jueves, 21 de febrero de 2013

Me gusta/no me gusta

Me gusta la gente que lleva el reloj en la mano que no es.
No me gusta que el pasamanos de las escaleras mecánicas vaya a saltos.
Me gusta ver una masa de gente desde arriba.
No me gusta que algo que me salió bien a la primera me salga desastrosamente mal a la segunda.
Me gusta la gente que canta bajito por las mañanas.
No me gusta no ser capaz de encontrar algo que cambié de sitio porque sólo recuerdo el sitio donde lo guardaba antes.
Me gusta cuando un dibujo me sale bien.
No me gusta sentirme ridícula por algo que yo misma he dicho un momento antes.
Me gusta encontrar las cosas que nadie encuentra.

domingo, 17 de febrero de 2013

Amelie.

Amelia era una niña rica. Vivía con sus padres en un antiguo palacete en el centro de Barcelona, iba a un colegio caro, estudiaba piano con uno de los profesores más prestigiosos de la ciudad y tenía más libros, juguetes y peluches de los que podía utilizar. En resumen, Amelia tenía todo lo que quería. ¿Todo? No, ella no lo creía así. En realidad Amelia no quería nada de todo lo que tenía, porque lo habría cambiado de buena gana por poder ver.

Normalmente lo sobrellevaba como podía, pero muchas noches se despertaba después de un sueño lleno de formas sugerentes y colores brillantes, creyendo que se había curado, y rompía a llorar al descubrir que no era así. Se sentía la persona más desgraciada del mundo, y de buena gana habría cambiado sus vestidos de seda y encaje por ver una película, sus aburridos libros en braille por sólo uno lleno de ilustraciones, todos sus peluches (incluso el osito Bilbo) por ver la cara de sus padres y su maravillosa casa palaciega por saber cómo es el verde del campo.

En el colegio no tenía amigos. Nadie quería estar con la aburrida niña ciega que se sentaba en el escalón del porche y que no podía jugar a nada en lo que hubiese que moverse. Por eso se sorprendió mucho el día que escuchó una voz a su lado.

-Hola, soy Silvia, He llegado nueva hoy. ¿Puedo sentarme contigo?

Amelia se sonrojó como un tomate, pero no dijo nada. No estaba acostumbrada a que le dirigiesen la palabra porque sí.

-Bueno, si te molesto me voy a otro sitio- Dijo Silvia.

-¡No, no, quédate!- Logró balbucear Amelia. -Es que nunca nadie había querido sentarse conmigo...

-Te entiendo, a mí también me han tratado así. Te llamas Amelia, ¿verdad?

A partir de ese día las dos niñas fueron inseparables. Amelia descubrió que podía desahogarse con Silvia cada vez que lo pasaba mal, ya que su amiga la conseguía animar siempre haciéndole entender lo maravilloso que es el mundo. A su vez, Silvia le contaba a Amelia cosas de su vida, que tampoco había sido nada fácil. Su padre había muerto cuando ella tenía tres años, con lo que su madre tuvo que empezar a trabajar, dejándolas a ella y a su hermana al cuidado de su abuela. Sin embargo, hacía cosa de un par de años, la abuela de Silvia murió tras una complicada enfermedad al mismo tiempo que despidieron a su madre del trabajo, dejándolas a las tres prácticamente en la calle al no poder hacer frente a la letra del minúsculo piso en el que vivían. Por eso la madre de la niña aceptó sin dudar cuando el colegio le ofreció una beca completa para Silvia en régimen de internado, aunque eso significase verla sólo un par de días al mes.

Amelia siempre pensaba que cambiaría con gusto su vida llena de lujos por la de Silvia, si con eso conseguía ver, pero nunca decía nada, aunque su obsesión con el tema llegó a ser enfermiza. Una vez, en un arrebato de sinceridad, le contó a su madre todo lo que pensaba, pero muy al contrario de lo que esperaba, se enfadó con ella y le dijo que estaba siendo una niña superficial y egoísta. Amelia se sintió tan incomprendida que no pudo dejar de llorar hasta dos días después. Tan apenada estaba y tan poco podía disimularlo que hasta Silvia se dio cuenta.

-Oye Amelia, ¿te pasa algo? Te veo muy triste hoy.

-No, nada... Es una tontería.- Dijo Amelia, quitándole importancia.

-Sabes que me puedes contar cualquier cosa, ¿no? Para eso somos amigas.

-Bueno, sí, ya lo sé, pero...- Dudó ella.

-Anda tonta, cuéntamelo, a ver si te puedo ayudar. - Insistió su amiga.

-Pues... Verás, es una cosa que llevo pensando mucho tiempo, pero se lo dije a mi madre y se enfadó tanto que ahora me da miedo decírselo a nadie más.

-Pero yo no me voy a enfadar, Amelia, no te preocupes, ¿qué es?- Preguntó Silvia, ya curiosa.

-Que cambiaría con gusto mi vida por la tuya si así pudiese ver. Hala, ya está, ya lo he dicho. ¿Contenta?

-Cómo... ¿No lo sabes?

-¿Saber el qué?- Preguntó la niña con un cierto mosqueo.

-Amelia... Yo también soy ciega.

viernes, 7 de diciembre de 2012

Cosas que pasan en el metro.

Había sido un día muy duro, y estaba deseando salir del trabajo para llegar a casa y descansar. Ese día había estado un poco torpe (algo más de lo habitual) y se había llevado un buen rapapolvo de su jefe, así que fue un gran alivio para ella el poder fichar, cambiarse de ropa y entrar en el metro donde podría desconectar un rato antes de llegar a casa y poner la radio. 
No solía llevar ningún libro ni mirar el móvil como la mayoría de la gente, ya que le gustaba observar a los viajeros. Eran todos tan distintos en tantos aspectos... Hasta que reparó en el chico que iba sentado a su lado.
No era guapo, pero feo tampoco. Era una de esas personas con ese je-ne-sais-quoi que atraen inexplicablemente a unos pocos. Tampoco es que fuese vestido de una forma especial, unos vaqueros anchos y una sudadera eran su indumentaria. Y, al igual que ella, no llevaba auriculares, ni libro, ni móvil en la mano. Sólo observaba.
Y así, de esta forma tan tonta, sus miradas se cruzaron, se sostuvieron por un instante y se reflejaron en la tímida sonrisa que apareció en los labios de ambos, volviendo en seguida la vista hacia el suelo, avergonzados.
Cuando por fin cerró la puerta de casa tras de sí soltó un hondo suspiro, se descalzó, encendió la radio y se tumbó en el sofá, esperando a que empezase su programa. El programa que presentaba aquella voz tan cálida y reconfortante que la ayudaba a olvidar todos los problemas y preocupaciones del día a día. No tuvo que esperar mucho, a los dos minutos ya sonaba la sintonía del programa.

-Buenas tardes un día más, soy Marcos Vega y estás escuchando El Punto de Desvío. Relájate porque empezamos.


Casi se pasa de parada. Iba tan ensimismado, mirando al suelo, pensando en ese breve contacto visual tan especial que por poco se despista y aparece al final de la línea. Encima que ya va apurado de tiempo...
Enfila la calle recta a buen  paso, no puede llegar tarde a trabajar, pero mientras camina sigue pensando en la chica del metro. 
Por fin llega al edificio, saluda al recepcionista que le contesta con un gesto amable y sube corriendo las escaleras. Mira el reloj de la pared: las cinco y veintiocho. Justo a tiempo. Entra, se sienta, se pone los cascos y respira hondo. Mientras el técnico le hace una señal con la mano, su subconsciente dedica un último pensamiento a la  chica de la mirada. Sonríe y empieza a hablar.

-Buenas tardes un día más, soy Marcos Vega y estás escuchando El Punto de Desvío. Relájate porque empezamos.

martes, 13 de noviembre de 2012

Ciudades espontáneas y efímeras.

Surgidas de la aglomeración de gente. El individuo es, o suele ser en su gran mayoría, inteligente. No así la masa. La masa sigue una situación de absurdo. Quizá por miedo, quizá por respeto, quizá por indecisión.
Cuando la masa se junta alrededor de un núcleo, se forma un grupo homogéneo si los individuos se encuentran cómodos. Pero si hay indecisiones, temores entre ellos, se generan huecos totalmente válidos para la ocupación que esta masa se niega a habitar.
Me explico.
Pongo por ejemplo la Plaza Mayor, donde una gran cantidad de artistas callejeros muestran sus habilidades. La masa se aglutina, rodea por completo los espectáculos que consideran mejores o los que más llaman la atención, sin dejar ni un solo hueco libre para el pobre desafortunado que llega algo después.
Sin embargo, en el caso opuesto, mi clase de proyectos. Hoy corregimos en pequeños grupos, alrededor de las mesas, donde el profesor es el foco de atención. Sin embargo, quedan sillas vacías, huecos preferentes de primera fila, mientras que la gente se queda de pie atrás del todo. ¿Es miedo a corregir? ¿A que les pregunte y se quede con su cara? No lo sé, pero que alguien se ponga delante de mí, que hoy no he traído nada.

jueves, 25 de octubre de 2012

Estados de ánimo.

Hay días en los que toda mi persona fluctúa. Como no me entiendo ni yo, hay veces que puede ser hacia la felicidad suprema, y otras, en su mayoría, que me dirijo hacia el borde del abismo. Ese abismo que rebosa de todo lo que nos aterra pero que no te frena en la caída (si tienes la mala suerte de tropezar).
También hay otros días, aparentemente normales, en los que cualquier ínfimo detalle puede desatar un torrente de sollozos, lágrimas y lamentos.
Y cómo no, también están los días en los que me levanto con el pie izquierdo y no hay persona humana que me aguante.

Pues bien, dentro de mi enorme desgracia y soledad en cada uno de estos días a veces encuentro una brizna de lucidez dentro de mi cabeza, y recuerdo esos pocos grupitos de personas, ninguno de ellos excesivamente numeroso, a los que por alguna razón desconocida de la madre Naturaleza, importo. No tengo ni idea de qué habrán podido ver en mí para que ocurra tal cosa, pues me considero una persona más bien tirando a sosa, pero sea lo que sea, en estos momentos de lucidez lo agradezco millones. De repente, sobre todo cuando estás triste, recordar que hay gente que se preocupa por ti es una de las cosas más maravillosas que pueda describir con palabras.

Así que gracias. A todos. Por la misma razón por la que, nadie sabe por qué, os importo. Otra vez. Gracias.

sábado, 23 de junio de 2012

Lámpara.

Con nueve años me mudé. Cambiamos nuestro pequeño piso de 50 metros cuadrados en un cuarto sin ascensor por otro un poco menos pequeño en un segundo.
Como es lógico y habitual, cuando te cambias de casa es necesario comprar ciertas cosas, incluidas las lámparas, y para ello fuimos a una tienda (muy recomendada por los nuevos vecinos) que estaba de camino a casa de mis abuelos. Como yo tenía nueve años y mi hermano once, lo primero que hicimos fue recorrer la tienda entera, viendo todas las lámparas que había, que no eran pocas. Hasta que de pronto la vimos. En una esquina, aunque pegada al escaparate, estaba la lámpara más estrambótica que os podáis imaginar. Era una lámpara de pie, de plástico, con forma de pétalos que, juntos, formaban algo parecido a un collar de flores de distintos colores, cada cual más chillón que el anterior. Nos quedamos embobados delante de la susodicha, sin saber si nos encantaba o nos parecía horrible hasta que nos fuimos a casa.
A los pocos meses hubo que volver (ya se sabe cómo son estas cosas), y la lámpara seguía allí. Mi hermano ya había perdido el interés en ella, pero yo volví a su esquina a mirarla con la boca abierta. Esto no le pasó desapercibido a mi hermano, y (no sé cómo) me hizo prometer que si cuando tuviese mi propia casa la lámpara seguía allí, la compraría y la pondría en el salón.
Han pasado doce años, y a día de hoy la lámpara sigue en su esquinita de siempre. Cada vez que voy o vuelvo de casa de mis abuelos la veo, y un escalofrío me recorre la espalda al pensar que el día de mi independencia está peligrosamente cerca.
A ver, no es que sea fea... Es que es difícil de combinar.